EL PRESENTE CONTENIDO ES UN EXTRACTO DEL PROYECTO PUBLICADO E EL BOLETIN Nº 58 DEL MUSEO NACIONAL DE HISTORIA NATURAL
Autores_ Carlos González, Nieves Acevedo, Gabriel Valenzuela
GRETE MOSTNY PEDRO DEL RÍO Y ZAÑARTU RODULFO A.PHILIPPI JUAN MARIN
LOS INICIOS DE LA EGIPTOLOGIA EN CHILE

El desarrollo del conocimiento egiptológico en Chile ha sido distanciado en el tiempo y ha permanecido prácticamente ausente del quehacer histórico y arqueológico. Esto se debe a que se ha concebido como una realidad lejana a nuestro contexto histórico americano, a lo que se agrega la suposición que los museos de Chile carecen de materiales culturales del Egipto faraónico. Sin embargo, aunque estemos distantes de las tierras egipcias, ello no representa un impedimento para estudiar el pasado y la historia de Egipto o de cualquier país, ya que nos conecta con la historia de la humanidad. Lo anterior se aprecia, por ejemplo, en las tradicionales aproximaciones de las universidades chilenas por la historia y filosofía helénica o por el estudio del derecho romano, como también en las visiones generales sobre Historia Antigua, presente en la formación de historiadores y profesores de historia, abarcando Egipto, Mesopotamia, Grecia y Roma. Por otro lado, en el ámbito museológico, resulta erróneo asumir a priori la ausencia de testimonios egipcios sin antes agotar las instancias, como lo comprueba este artículo.

Un importante antecedente, aunque indirecto, en la historia de la egiptología en nuestro país, fue el III Congreso Mundial de Estudios sobre Momias de 1998, organizado por la Universidad de Tarapacá y realizado en Arica, donde se presentaron, entre varios trabajos, algunos sobre paleopatología de momias egipcias; el estudio de los restos óseos de la reina Weret, esposa del faraón Sesostris III de la XII Dinastía (Brier y Zimmerman 2000); uso de plantas narcóticas en la liturgia fúnebre del Antiguo Egipto; análisis toxicológicos en momias egipcias; alcances sobre conservación; y un estudio actualístico sobre la momificación egipcia, con replicación en un cuerpo humano (Brier y Wade 2000); todos correspondientes a trabajos de extranjeros, sin la participación de connacionales.

Actuales y significativos avances sobre el tema se han logrado a través del quehacer académico del Centro de Estudios Árabes, dependiente de la Universidad de Chile, que junto con la Sociedad de Estudios Egiptológicos han impulsado actividades docentes en el campo de la egiptología desde el 2006, culminando el 2009 con un Diploma en Egiptología y Medio Oriente Antiguo. Además, cabe destacar las “Conferencias Egiptológicas” de 2008, organizadas por la referida Sociedad y la Universidad Gabriela Mistral, con la participación del especialista Frédéric Servajean de la Université Paul-Valéry Montpellier III, quien expuso los trabajos realizados por el equipo Égypte Nilotique et Méditerranéenne, incluyendo también el proyecto Momias Egipcias en Chile, que cuenta con el patrocinio de dicha casa de estudios.

Por último, merece atención la participación directa en Egipto de estudiantes, algunos arqueólogos y conservadores de la Universidad Internacional Sek de Chile, como equipo de apoyo, en el proyecto que se efectúa en la tumba de Monthemhat (TT 34), localizada en la necrópolis de el-Asasif, próxima a Deir el-Bahari, cuyos trabajos comenzaron en 2006 (Gomaa 2006; Gomaa y Martínez 2007), con sucesivas campañas hasta la actualidad.

Estos antecedentes demuestran el creciente interés por ahondar en variados aspectos de la historia del Antiguo Egipto, faltando hasta ahora una permanente preocupación académica -más allá de las actividades de difusión- que prosiguiera los trabajos de Rodulfo Amando Philippi y Grete Mostny, quienes aportaron al desarrollo de la egiptología en nuestro país, entregando algunas características sobre determinados componentes de la colección del Museo Nacional de Historia Natural, cuyos aportes se revisan en los párrafos siguientes.                  

Rodulfo Amando Philippi
Este eminente naturalista alemán (1808-1904), avecindado en Chile desde 1851 a la edad de 43 años (Castro et al. 2006: 134), en su calidad de director del Museo Nacional de Historia Natural (desde 1853 a 1892; Mostny y Niemeyer 1983: 29), se refiere en el reporte anual del museo de 1885, sobre la adquisición de una “momia del alto Ejipto” comprada en 1.500 francos para la institución por el gobierno de la época (Philippi 1885: 369). Estaba acompañada de sus cubiertas (sarcófagos), una de madera color ocre y la otra de una mezcla compacta (cartonaje), ambas con jeroglíficos, que según él pertenecen a un individuo de alta posición social, con una antigüedad de más de 2.300 años. Indica que copias del texto serán enviadas a Europa “a fin de que la descifren por completo los orientalistas del viejo mundo” (Philippi op. cit.: 370).

Luego, en el reporte de 1886, debido a la exposición pública en ese año de la momia egipcia en el museo, señala que tendría entre 2.400-2.800 años (Philippi 1886: 72), entregando algunas notas sobre qué se entiende por una momia artificial egipcia, diferenciándolas de las desecadas naturalmente, como las peruanas, aludiendo también a los datos históricos de Manethos (Manetón 1993). Igualmente, detalla algunos aspectos de la funebria egipcia, tales como: diferencias de sepultación de los individuos; observaciones sobre la momificación, mencionando el retiro del cerebro por la nariz, de las vísceras por el abdomen y su relleno con sustancias resinosas y aromáticas, como por amuletos y estatuillas de dioses -precisando que el museo poseía algunas de ellas-, el baño por meses en nitron (natrón) y el uso de resinas (Philippi 1886: 69-74); sólo se equivoca respecto al retiro del corazón del individuo, lo que no es efectivo, ya que por su significación ritual la momificación egipcia mantenía este órgano en el cuerpo (Peck 1980, citado en Castro 1988: 8; Brier y Wade 2001), puesto que en el reino de Osiris el difunto era juzgado al pesar su corazón contra una pluma de avestruz, símbolo de la diosa de verdad, Maat, para obtener o no la inmortalidad (Petrie 1998: 20, 74). Valga recordar que desde el Imperio Medio el corazón de la momia era acompañado de un amuleto en forma de escarabajo, generalmente de piedra, que presentaba al reverso una fórmula mágica para que el corazón no testificara en contra del difunto (Brier 1994: 147-148).

El trabajo de Philippi (1886) acentúa la relevancia que el museo haya adquirido una momia egipcia, constituyendo el primer escrito de carácter egiptológico en Chile, que si bien no analiza al individuo momificado, como tampoco las inscripciones jeroglíficas de sus sarcófagos, documenta las primeras piezas que integran la colección egipcia del museo y presenta una síntesis sobre el conocimiento histórico y egiptológico de esa fecha, relacionado con aspectos funerarios del Antiguo Egipto. Pasarán 54 años desde la publicación de estas notas egiptológicas, para que otro científico del mismo museo se preocupe con mayor profundidad por estudiar éste y otros componentes del aludido conjunto museológico.    

Grete Mostny
Esta egiptóloga de origen austríaco (1914-1991), con estudios superiores en las Universidades de Viena y Libre de Bruselas, llega a Chile en 1939, huyendo de la persecución nazi en Europa, radicándose en el país e instalándose como encargada de la entonces denominada Sección Arqueología del Museo Nacional de Historia Natural, gracias a la intervención del Director del museo de aquel tiempo, Ricardo Latcham. Posteriormente, en 1943 adquiere el cargo de Jefa de esa Sección (Durán 1979; Mouat 2009). Desde ese espacio Grete Mostny se constituye, gracias a su fructífero trabajo y con el paso de los años, en uno de los personajes insignes en la consolidación contemporánea de la arqueología y museología en Chile, ya que también se destaca en la dirección del museo entre 1964 y 1982.

Es en ese escenario, y aprovechando sus conocimientos egiptológicos, entre ellos el manejo filológico y transliteración jeroglífica, que el primer acercamiento de Grete Mostny en el campo de la arqueología en Chile lo efectúa con materiales provenientes de Egipto y que forman parte de las colecciones del Museo Nacional de Historia Natural (Mostny y Niemeyer 1983: 81). Así, y a un año de su llegada, publica en el boletín del citado museo en 1940 (Tomo XVIII: 87-102 y una fotografía), lo que consideramos representa -seguramente de forma circunstancial al encontrarse con estas evidencias- el verdadero inicio de los estudios egiptológicos en el país, puesto que analiza directamente materiales egipcios, a diferencia de las notas de Philippi.

La formación de Mostny recoge el bullente quehacer académico de la egiptología en Europa durante la primera mitad del siglo XX, junto al aporte de significativos descubrimientos en Egipto, destacando en 1881 el cache de las momias reales en Deir el-Bahari (TT-320) (Carter 2002: 32-34); en 1904, la tumba de Nefertari, que pese a estar saqueada presenta hermosos decorados interiores, sumándose a la ubicación, en 1906, de la tumba inviolada del arquitecto real Kha y de su esposa Merit (TT-8), nobles de la XVIII Dinastía (Schiaparelli 2008); en 1905, la tumba prácticamente no saqueada de Yuya y Tuyu (KV 46) (Weigall 1923; Reeves y Wilkinson 1996), padres de la reina Tiy, esposa principal de Amenhotep III, faraón de la XVIII dinastía; los hallazgos desde 1907 en la cuidad de Tell el-Amarna, capital del reformista faraón Akhenatón de la XVIII dinastía, donde sobresale la recuperación en 1912 del busto de Nefertiti, en el taller del escultor Thutmose (Hawass 2004: 226); en 1922, la tumba de Tutankhamón (KV 62), soberano de la XVIII dinastía (Carter op. cit.), una de las dos tumbas intactas de faraones descubiertas en Egipto, correspondiendo la otra al faraón Psusennes I de la XXI dinastía, localizada en 1939 (Montet et al. 1951); los diversos hallazgos en Giza, particularmente los trabajos en los templos del faraón Menkaure (Reisner 1911), de la IV Dinastía, como también la ubicación en 1925 de la segunda tumba de la reina Hetepheres I (Brier 1994: 71-72), madre del faraón Khufu, de la IV Dinastía, el constructor de la gran pirámide (Reisner 1942-1955; Haase 2005; Gundacker 2006); entre otros importantes descubrimientos.

En consecuencia, transcurridas las primeras décadas del siglo XX, los fundamentos de la egiptología se encontraban definidos, incluyendo desde 1882 la traducción definitiva de la escritura jeroglífica por parte de Champollion y las reconstrucciones históricas, hoy clásicas, de Wilkinson, Petrie, Lepsius, Mariette, Maspero, Loret y otros. De allí que la instrucción de Mostny se nutra de estas contribuciones y de los paradigmas egiptológicos de las escuelas Británica, Francesa y Alemana, más los aportes Estadounidenses, previos a la II Guerra Mundial. También apoyó en su formación, como material de estudio, la colección egipcia del Kunsthistorisches Museum (KHM) de Viena, además de su participación en trabajos de campo en Egipto, como el de la Universidad de Milán de 1938 (Durán 1979: 8). En esa ciudad realiza una ayudantía en la Sección Egiptología del Museo del Castello Sforzesco (op. cit.).

Encontrándose ya en Chile (1939), Mostny examina y translitera las inscripciones de tres sarcófagos egipcios (Figura 1, con dos de estas piezas) del Museo Nacional de Historia Natural, y que forman parte del conjunto museológico que nos preocupa. Dos de estos sarcófagos contienen a un individuo momificado masculino (Nº 6231 -actual número de inventario-, ex 1048), que de acuerdo a Mostny no pertenecería al ocupante original, por el gran tamaño del individuo respecto a las cubiertas. El sarcófago exterior ha sido confeccionado en madera (Nº 6236, ex 1053), presentando un aspecto “mumiforme” al decir de Mostny (1940: 97), mientras que el interior es de cartón piedra o cartonaje (Nº 6232, ex 1049) (Figura 1, izquierda), presentando ambos pinturas, dibujos e inscripciones jeroglíficas. En los dibujos se aprecian dioses como Khnum, Osiris, Anubis, Horus, Apis, Ptah-Sokaris, entre otros, además de elementos religiosos egipcios, como el pilar Djed, que simbolizaría la columna vertebral del dios Osiris (Brier 1994: 149), dando estabilidad al difunto.
           
En su trabajo corrige anteriores traducciones enviadas desde Berlín a Rodulfo Amando Philippi, a solicitud de este último, respecto a que se trataría de un noble de Tebas llamado Arusa, con una antigüedad de 3.500-4.000, concluyendo por las inscripciones de los dos sarcófagos y por sus definiciones morfológicas, que corresponden a un individuo de sexo femenino, que identifica como Heri-wedjat, señalando la probable adscripción Ptolemaica -período de dominio griego de los Ptolomeos en Egipto, 332-31 AC- del sarcófago de cartonaje, aunque sin llegar a definir su ocupación en vida o su status social; además precisa que hay indicios que el pintor de los sarcófagos debió recibir el texto en hierático, para luego trasponerlo en jeroglíficos (op. cit.: 97). En definitivas cuentas, se expresan inscripciones que permiten al difunto ser “justificado” en su juicio ante las divinidades, respondiendo a su universo ideológico.   

El otro individuo momificado (Nº 6229, ex 1046), de menor tamaño que el anterior, se encuentra dentro de un solo sarcófago de madera (Nº 6230, ex 1047), remitiéndose la cubierta interior a una máscara dorada de cartonaje que se prolonga hasta los pies, totalmente decorada. Al igual que el caso precedente, su identificación no sería correcta según la autora, de 6.000-4.000 años, recuperada en Tebas, ubicándola más bien al fin del Imperio Nuevo (1.587-952 AC.) (op. cit.: 99). Distinguió la representación de los dioses Maat, Isis, Nephtys y Osiris, con textos del libro de los muertos. Concluye que pertenece a un individuo femenino de nombre Isis-weret (Figura 1, derecha), quien es presentada y justificada ante el trono de Osiris, luego de atravesar la ribera occidental del Nilo, donde se encuentran los sitios funerarios (op. cit.: 102).

 
FIGURA 1. A la izquierda, sarcófago de cartonaje de Heri-wedjat; a la derecha, sarcófago de madera de Isis-weret (Mostny 1940: s/p).

Mostny da a entender que las momias y sus sarcófagos estaban expuestos en vitrinas, coincidiendo con Philippi (1886: 69), que señalaba que una de las momias había sido expuesta. Ahora bien, el aporte de la egiptóloga austro-chilena, radica en que por primera vez una especialista con estudios superiores realiza en Chile un estudio con materiales egipcios, respondiendo con su trabajo a la necesidad de ejercitar su formación profesional. Sin embargo, debemos precisar que su escrito constituye más bien un informe técnico de carácter filológico, que no entrega un marco histórico, limitándose a la transliteración jeroglífica. No obstante, su contribución resulta indiscutible.



Los jeroglíficos se remontan desde antes del Imperio Antiguo, con anterioridad al 3.200 AC, hasta la última inscripción del 394 DC, en la Isla de Philae. En época grecorromana (332 AC-395 DC) fueron relegados al ámbito religioso, con una fórmula simplificada, tan antigua como los jeroglíficos, llamada hierática (sacerdotal) por los griegos. También surgió el demótico (popular en griego), hacia los 742-712 AC, una escritura más rápida, ocupada habitualmente en textos administrativos (Clarysse 1994), usada hasta el siglo IV DC (McDermott 2002: 12).

 
 
 
 
 
 
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