
No cabe duda que los testimonios pétreos del Antiguo Egipto, al igual
que el gran río Nilo, constituyen elementos dignos de ser inmortalizados
mediante la fotografía. Esta obra, Egipto desde el aire, es precisamente
una de las más importantes incursiones en este ámbito temático,
cuyas imágenes deleitarán al lector, o mejor al observador,
sin ninguna duda. La lectura y observación de este libro permitirá
al interesado realizar un viaje a través de la historia del antiguo
y actual Egipto sin necesidad de realizar ningún tipo de desplazamiento.
Marcello Bertinetti es el autor de las fotografías y de la introducción
de la obra. Lleva dedicándose profesionalmente al campo de la fotografía
desde el año 1978, y desde ese momento ha colaborado con prestigiosas
revistas y editoriales, realizando reportajes de carácter periodístico,
libros fotográficos y trabajos publicitarios.
Respecto a la estructura del libro, las imágenes que lo componen están
organizadas en seis capítulos y cada una de ellas está descrita
mediante un breve comentario. El contenido textual de cada capítulo
ha sido redactado por Corinna Rossi, Licenciada en Historia de la Arquitectura
y especialista en Egiptología. Esta investigadora ha trabajado en la
historia de la arquitectura antigua y ha publicado numerosos artículos
en revistas científicas. Además, desde el año 2001 es
codirectora del proyecto North Carga Oasis Survey, que aborda el estudio de
la cadena de fortalezas romanas situadas en el desierto Occidental de Egipto.
La obra también dispone, al final de la misma, de un índice
toponímico, el cual permite al lector localizar las fotografías
donde se hace referencia a un lugar determinado.
De manera genérica, el primer capítulo aborda el reinado de
los faraones, mientras que el resto trata diferentes elementos del medio natural
y humano de Egipto, los cuales condicionaron y continúan haciéndolo
la vida de los habitantes de este país: los desiertos (segundo capítulo),
los oasis (tercer capítulo), el Nilo (cuarto capítulo), los
centros urbanos (quinto capítulo) y el binomio Mar Rojo-Mar Mediterráneo
(sexto capítulo). A continuación se detallarán los contenidos
más relevantes de cada uno de estos epígrafes.
En cuanto al legado faraónico, destacan las construcciones piramidales,
principalmente las pirámides de la llanura de Gizeh (Keops, Kefrén
y Micerinos), así como la esfinge de Gizeh. Las fotografías
de este capítulo hacen referencia a estas pirámides y a otras,
como la de Sahura en Abu Sir, la pirámide escalonada de Saqara, la
pirámide de Doble Pendiente o Romboidal de Dashur, la pirámide
Roja, la pirámide Negra, la pirámide de Médium y la pirámide
de Lahun. También se comentan algunos aspectos del oasis de el-Fayum,
del templo de Luxor, del gran complejo de Karnak, de Tebas Oeste, del templo
de Medinet Habu, del templo de Deir el-Bahari, del valle de los Reyes y de
las Reinas -las tumbas reales-, del Rameseo, del poblado de Deir el-Medina,
de El-Qurn, de los colosos de Memnón, del templo tolemaico de Dendera,
de Kom Ombo y File, del templo de Orus en Edfu, de Nubia y del templo de Abu
Simbel.
Respecto a los desiertos ("Tierra Roja" o Deshret), se debe señalar
que la superficie desértica ocupa aproximadamente el noventa por ciento
del país, y constituyó una defensa natural para la civilización
contra posibles ataques o incursiones de pueblos extraños al reino,
debido a las difíciles condiciones de estos medios: elevadas temperaturas
diurnas, acusadas oscilaciones térmicas diarias, escasez de precipitaciones
-y su concentración horaria-, déficit hídrico y disponibilidad
ínfima de recursos naturales, al menos en superficie. Respecto a la
orientación económica de los desiertos, hay que destacar la
explotación de diversas minas y canteras. Además, los desiertos
podían ser fuente de peligros para los habitantes del territorio, como
los ataques de diversas especies animales. Las fotografías hacen referencia
al desierto Blanco de Farafra, al desierto del valle de los Reyes, al desierto
de Birket Qarun, al desierto de Asuán, al desierto del lago Naser,
al desierto del Sinaí y al desierto de Nubia.
En contraposición a los desiertos a aparecen los oasis, cuya denominación
árabe es wahe, que constituyen lugares donde establecerse durante la
noche, obteniendo así protección de los potenciales peligros
de los desiertos. El contraste entre el ecosistema propio de los oasis y el
desértico es muy acusado, tanto desde el punto de vista natural (clima,
suelos, vegetación, fauna, recursos) como humano. Estos rasgos distintivos
también se plasmaron en las construcciones cultuales y en las divinidades,
pues éstas presentaban rasgos, atributos y poderes diferentes respecto
a los templos y los dioses del Valle. Así, los oasis han acabado por
transformarse en "verdaderas islas de vida en mitad de un mar de desiertos".
En este caso, las fotografías hacen mención a los oasis de el-Fayum,
de Siwa, de Saqara, de Dashur, de Helwan, de Bahariya y de Farafra.
El valle del Nilo (en árabe, Bahr el-Nil o el-Bahr) constituye un sistema
geográfico con entidad propia. Los elementos naturales no se disponen
en el espacio condicionados por creaciones antrópicas que han resultado
de la plasmación espacial de nuestro conocimiento y formas de concebir
lo observado, como los límites políticos internacionales. Así
ocurre con el Nilo, que aparece, según el tramo fluvial considerado,
tanto en Egipto como en Sudán y Etiopía, aunque su origen más
remoto ha de ser buscado en el lago Victoria ubicado entre Uganda, Kenia y
Tanzania. Según esto, el valle del Nilo destaca por su disposición
meridiana entre los aproximadamente 30º de latitud Norte correspondientes
a su desembocadura y los 0º de latitud del lago Victoria. El tramo fluvial
que discurre por el Norte de Sudán y todo Egipto se denomina Nilo,
mientras que en la región centro-oriental de Sudán, en torno
a las ciudades de Omdurman (o Umm Durman) y Khartum (o Jartum, Khartoum o
Al Khurtum), el Nilo se bifurca y da lugar a sus principales afluentes: el
Nilo Blanco (Bahr el-Abiad), que procede del Sur de Sudán, conecta
a través de sus colectores de menor entidad con los lagos Alberto -actualmente
Mobutu Sese Seko- y Victoria (69.500 km2), y el Nilo Azul (Bahr el-Assak),
que inicia su recorrido en el área lacustre de Tana (de 3.200 km2 de
superficie y situado a 1.830 metros de altitud), en pleno macizo Etiópico,
hasta conectar con el Nilo, aportando más del ochenta por ciento del
volumen total de las aguas del mismo.
El Nilo presenta una desembocadura en delta en su extremo más septentrional,
vertiendo sus aguas al Mar Mediterráneo. En este gran delta el río
se divide en dos ramas principales, denominadas Rosetta (Masabb Rashid) al
Oeste, y Damietta (Masabb Dumyat) al Este. El sistema fluvial del Nilo riega
aproximadamente una décima parte del territorio africano. Desde el
nacimiento del Nilo Blanco, la longitud total del río es de unos 5.472
kilómetros. Ahora bien, si consideramos un lejano afluente, el río
Ruviranza situado en Burundi, la longitud ascendería a unos 6.690 kilómetros
aproximadamente. Su cuenca hidrográfica mide alrededor de 2.867.000
km2. El recorrido fluvial se caracteriza por la presencia de varias cataratas
en su lecho que producen como efecto directo sobre el caudal una aceleración
del mismo, además de la consiguiente zapa erosiva en la base de los
saltos de agua y, por ende, la profundización creciente del lecho debido
al impacto de la columna hídrica en el suelo. Puesto que el flujo del
río se dirige desde el Sur hacia el Norte, destacan en su recorrido
seis cataratas.
El quinto capítulo aborda los centros urbanos de Egipto, destacando
la ciudad de El Cairo, la legendaria -hoy moderna- Alejandría, Damieta,
Roseta, el canal de Suez, Luxor, Asuán, Hurghada, el-Gouna, Na'ama
Bay, Sharm el-Sheikh y Dahab.
El sexto y último capítulo de la obra hace referencia al Mar
Rojo y al Mar Mediterráneo, ambos conectados a través del canal
de Suez. El primero separa a Egipto de Arabia Saudí y en el segundo
desemboca el río Nilo. La entrada septentrional del canal de Suez está
ocupada por la ciudad de Port Said y la meridional por Suez. Esta gran obra
de ingeniería se materializó en el año 1869, aunque durante
dinastía XXVI -Período Saíta- (664-525 a. de C.) hubo
varios intentos de comunicar por vía marítima estos dos mares,
teniendo esta conexión fines comerciales y militares. En el Antiguo
Egipto el Mar Rojo desempeñaba un papel comercial fundamental, puesto
que constituía la vía de importación de diversos materiales
preciosos y animales y plantas exóticas. Actualmente, el Mar Rojo constituye
una de las atracciones turísticas más importantes del país,
dadas las características de sus aguas, arenas y corales. El rasgo
negativo de este ámbito la ponen las diversas embarcaciones que han
naufragado navegando a través de estas aguas, evidente testimonio de
la dificultad de atravesarlo.
Para concluir, se debe indicar que la obra reseñada no sólo
constituye una visión de Egipto desde el aire, sino que también
es una vista del pasado hacia el presente, momento en el que se deben crear
las bases que guíen el desarrollo futuro del país sin que se
destruyan "los pilares históricos" establecidos por la civilización
del Antiguo Egipto.