
El ser humano ha ocupado y dominado el territorio a lo largo de su propia
historia gracias a la fundación de enclaves urbanos de diferente tipología
y complejidad. Estas ciudades no sólo se han configurado como lugares
idóneos para vivir, sino que también han constituido verdaderos
sistemas donde se han creado diferentes economías, culturas, religiones,
etcétera. De este modo, la obra Arqueología de las Ciudades
Perdidas, en su tercer volumen, narra las características de seis ciudades
emblemáticas del Antiguo Egipto, aunque comienza planteando una comparativa
en el surgimiento y principales rasgos de las ciudades del Próximo
Oriente, fundamentalmente entre las ciudades mesopotámicas y egipcias.
La obra completa consta de 30 volúmenes, aunque es el número
tres el que centra la atención en los sistemas urbanos del Antiguo
Egipto. Éste ha sido redactado por un equipo de investigadores italianos,
utilizando para ello un lenguaje de elevado nivel, puesto que su carácter
es científico y no divulgativo. El tipo de contenido es urbanismo histórico,
aunque entre los capítulos dedicados a las diferentes ciudades se aportan
breves apuntes sobre diversos aspectos de la cultura y la religión
del Antiguo Egipto, elementos que complementan y dinamizan el contenido del
libro.
El desarrollo de los textos está perfectamente apoyado por un conjunto
de imágenes y planos de ciudades y espacios cultuales, elementos de
gran interés en el seno de una obra de esta categoría, aunque
se echa en falta un epígrafe final que aglutine la bibliografía
utilizada en la redacción de la obra y citada a lo largo de la misma.
A continuación citaremos las líneas
más relevantes desarrolladas en cada capítulo.
El primero es dedicado al nacimiento urbano en el Próximo Oriente,
realizándose una comparación entre las ciudades de Mesopotamia
y Egipto, surgiendo el concepto de ciudad-palacio. En las culturas del Próximo
Oriente es frecuente una morfología circular de los centros urbanos,
con la sede del poder real en el área central de la ciudad, probablemente
resultado de la concepción de la urbe como un microcosmos.
La tradición mesopotámica más antigua de la cultura sumeria
establecía, aproximadamente en torno al 2000 a. de C., que la ciudad
constituía una creación de origen divino, precedente a la creación
de la propia humanidad. La ciudad era la expresión de la civilización,
la sede de las grandes divinidades y la forma del orden cósmico. En
el seno del pensamiento mitopoyético sumerio, las condiciones más
idóneas para la fundación de una ciudad eran la abundancia de
la producción agrícola y la riqueza de las aguas. Será
en los últimos siglos del IV milenio a. de C. cuando surjan las formas
urbanas primarias en Mesopotamia meridional debido a procesos de desarrollo
económico, de concentración de territorios y de evolución
social. Estas sociedades urbanas se caracterizaron por un continuo crecimiento
demográfico, por la especialización en la producción
de los alimentos y por la necesidad de importar materias primas procedentes
del exterior. Además, el entorno natural se modificó sensiblemente.
Debido a la centralización de las funciones administrativas, judiciales
y militares, realizada por la organización palatina, y con la multiplicación
de los espacios de culto, la estructura original, social y urbanística
unitaria de la ciudad protohistórica tiende a asumir, en la segunda
mitad del III milenio a. de C., una forma articulada con un centro monumental
palatino -sede del poder secular-, una diversificación de lugares de
culto de distinta importancia monumental y una estructura residencial de unidades
domésticas, generalmente homogénea, que se reproducirá
como modelo de las nuevas fundaciones urbanas del área mesopotámica
y fuera de ella.
En Egipto, dadas las antiguas tradiciones teológicas, las ciudades
constituyen elementos emanados de las divinidades durante el tiempo de la
creación primordial, el inicio de todo lo conocido. La sociedad urbana
surge en el país del Nilo alrededor del año 3000 a. de C. Los
asentamientos se situaban en las zonas no desérticas del valle aluvial
del Nilo, mientras que las necrópolis se localizaban en la adyacente
tierra árida arenosa. Mientras que en Mesopotamia el proceso urbano
se realizó en el marco de la fragmentación política y
de la diferenciación de actuación, siendo una zona ecológicamente
homogénea, en Egipto se realizó bajo la centralización
política y la realización uniforme en dos regiones, el Norte
y el Sur del valle del Nilo, diferentes ecológicamente .
El segundo capítulo hace referencia a la ciudad de Menfis, fundada
según la tradición en los inicios del III milenio a. de C. Esta
urbe tuvo una gran relevancia territorial dada su localización geográfica:
situada en la margen izquierda del Nilo, a unos tres kilómetros de
la orilla y a 25 kilómetros de El Cairo, dominando el valle del río
y su delta. Fue fundada por el primer soberano de la dinastía I (2950-2770
a. de C.), Menes, actualmente identificado como el faraón histórico
Horus Aha. Durante el Imperio Nuevo no ostentó el rango de capital,
sustituida por Tebas, en el Alto Egipto. Empero, Menfis continuó siendo
un centro de gran importancia, la segunda ciudad del país. En el transcurso
de este capítulo hay un epígrafe donde se comenta la cronología
del Antiguo Egipto, desde el Imperio Antiguo (dinastías I-VI; 2950-2200
a. de C.) hasta el año 30 a. de C., en el que Egipto se transforma
en provincia romana. Al término del capítulo dedicado a la ciudad
menfita, aparece un epígrafe dedicado a las antiguas deidades egipcias.
El tercer capítulo desarrolla la ciudad de Ábidos, el dominio
de Osiris, pues éste constituía el gran dios de este enclave.
Esta divinidad se vinculaba con la eternidad y la satisfacción de la
totalidad de los deseos y necesidades, materiales y espirituales, de los difuntos.
Osiris garantiza la repetición cíclica y regular de todo acontecimiento;
es, por tanto, la vida misma en su continuidad perennemente renovada. Uno
de los acontecimientos religiosos más importantes de esta ciudad era
la celebración de los misterios de Osiris, que representaban la muerte
y la resurrección de la deidad. La ciudad se situaba en el Desierto
Occidental, a 530 kilómetros al sur de El Cairo, en el Alto Egipto,
concretamente en la provincia de Sohag. La elección del desierto como
lugar de enterramiento está determinada, además de por motivos
culturales, por la necesidad de no restar tierra fértil a la ya escasa
superficie cultivable. Al término de este capítulo aparece un
epígrafe dedicado a la vida cotidiana de los egipcios, comentándose
aspectos relacionados con los hombres y las mujeres, los sacerdotes, las fiestas,
la dieta, el canto, el horóscopo, la medicina y los sacrificios.
El cuarto capítulo aborda la ciudad de Avaris, capital de los hicsos
durante la dinastía XV. Éstos eran asiáticos que primero
se infiltraron y después invadieron violentamente la región
nororiental del delta del Nilo, fundando allí un estado constituido
principalmente con la población indígena, que con el tiempo
se extendió hasta controlar una buena parte de Egipto. Los hicsos eran
portadores de una cultura de tipo sirio-palestina, extraña a la egipcia,
aunque mostraron gran interés por la civilización del país.
En cuanto a la administración de Egipto, ésta se confió
a funcionarios que en numerosas ocasiones eran de origen egipcio. Avaris fue
ocupada hacia 1720 a. de C. y la dominación de los hicsos se prolongó
hasta 1567 a. de C., cuando la ciudad fue reconquistada por los reyes tebanos.
Con el transcurso del tiempo, Avaris se fue convirtiendo en un enclave urbano
semejante a los centros sirio-palestinos contemporáneos, como Alalakh,
Ebla, Ugarit, Hazor y Megiddo.
El quinto capítulo está dedicado a la urbe de Tanis, ciudad
que, según Herodoto, fue residencia y lugar de enterramiento de los
faraones de las dinastías XXI y XXII. La dilatada supervivencia de
los santuarios de Tanis es fiel reflejo de la buena fortuna del culto de la
tríada tebana (Amón-Mut-Khonsu). La sepultura de Psusennes apareció
inviolada: el segundo caso en la historia de la Egiptología después
del hallazgo de la tumba de Tutankhamón, también prácticamente
intacta. En el transcurso de este capítulo hay un interesante epígrafe
dedicado a los números utilizados por los egipcios, que nos aproxima
a su sistema de numeración y cálculo.
El sexto capítulo desarrolla el caso de la ciudad de Tebas, donde está
situado el gran santuario en honor al dios Amón, parte del inmenso
conjunto templario que actualmente conocemos con la denominación de
Karnak. Tebas era la ciudad por excelencia, la capital del imperio fundado
por los grandes faraones-guerreros de la dinastía XVIII, quienes extendieron
el dominio egipcio a Nubia y a las tierras asiáticas. Las divinidades
que protegían y dominaban la ciudad eran las que componían la
tríada formada por el rey de los dioses, Amón, por su esposa
Mut y su hijo Khonsu. Tebas se compone de dos sectores bien diferenciados:
la ciudad de los vivos, en la orilla oriental del Nilo, y el reino de los
muertos, en la occidental. A cuatro kilómetros al norte de Tebas aparece
el gran complejo religioso de Karnak, que también se encontraba bajo
la protección del dios supremo Amón, pero no era de su exclusiva
pertenencia. Luxor y Karnak estaban enlazados por medio de una espléndida
avenida sagrada, pavimentada y situada por encima del nivel que normalmente
alcanzaban las aguas del Nilo durante el período de inundación.
El valle de Deir el-Medina está compuesto por numerosas tumbas de todas
las épocas, pero es especialmente conocido por haber sido emplazamiento
de un poblado habitado por los trabajadores empleados en las necrópolis
reales, que prestaban su colaboración para construir y decorar las
tumbas de los faraones excavadas en las pendientes rocosas del valle de los
Reyes, detrás de la montaña de Deir el-Bahari. Al sur de Deir
el-Medina existe una garganta que fue elegida por las reinas de las dinastías
XIX y XX para su eterno reposo. Con las esposas e hijas de los soberanos reposan
los príncipes reales muertos a temprana edad. Una de las tumbas más
significativas del valle de los Reyes, debido al interés que despertó
su descubrimiento y ajuar funerario, fue la del joven faraón Tutankhamón,
descubierta por Howard Carter en el año 1922. Precisamente, en el interior
de este capítulo se dedica un epígrafe a los contenidos del
sarcófago de este faraón, basado en la obra The World of the
Archeology de C. W. Ceram.
El último capítulo de la obra está dedicado a la ciudad
de Tell el-Amarna, la Akhetatón de Akhenatón. La denominación
"Amarna" también es utilizada para designar un período
de la historia del Antiguo Egipto y del Próximo Oriente. Amenofis IV,
que prefirió llamarse Akhenatón, abogó por la concentración
de la totalidad de las funciones del gobierno y la administración en
la persona del soberano y de los funcionarios centrales, sus más estrechos
colaboradores. El faraón se erigiría como el único mediador
entre el mundo divino y el humano, lo que constituyó el regreso a la
concepción teocrática del faraón de los tiempos del Imperio
Antiguo: el dios-sacerdote que garantiza la ley y el orden y al mismo tiempo
escucha y, por esta misma razón, accede a las súplicas. El dios
reinante y único es Atón, creador y sustentador de todas las
cosas y de todos los seres, señor del mundo de los vivos y de los muertos.
Sucesivas asimilaciones entre Amón y Re ("Amón-Re",
rey de los dioses: el principal centro de culto fue el gran templo de Karnak
en Tebas) y Atum engendraron una figura de dios solar y creador al mismo tiempo,
cada vez más importante en el transcurso de la dinastía XVIII.
Los demás dioses aparecen subordinados a él, incluso terminan
por representar aspectos de la divinidad misma. La idea de la divinidad impuesta
por Akhenatón era definitivamente exclusiva y monoteísta: Atón
fue la única deidad admitida; se mandó clausurar los templos
de los demás dioses, y confiscar sus propiedades en beneficio del Atón
y su sacerdote; el nombre Amón fue borrado incluso cuando aparecía
como simple jeroglífico. La pareja formada por Tutankhatón y
Ankhesenpaatón, hija de Akhenatón, pronto cambió sus
nombres por los de Tutankhamón y Ankhesenamón, mostrando así
la voluntad de volver a la religión de Amón. Al término
de este capítulo, los autores dedican un epígrafe al tema de
la poesía de carácter amoroso del Antiguo Egipto.
En conclusión, esta obra nos transmite, en su conjunto, la importancia
que posee la investigación arqueológica de las ciudades en el
estudio de la cultura, la religión y el modo de vida de los antiguos
egipcios. También nos informa de las principales vicisitudes que han
acontecido a lo largo del tiempo, transformándose las actuales ruinas
de enclaves urbanos en auténticos elementos dotados de historia viva.