
La divulgación de los estudios científicos sobre el Antiguo
Egipto constituye una labor de gran importancia, puesto que con esta difusión
se logra que el conocimiento que actualmente existe sobre el Egipto del pasado
llegue a todos los interesados, independientemente de que se traten o no de
especialistas en la materia. Así, es muy adecuado que se publiquen
trabajos como el que ahora presentamos, investigaciones redactadas mediante
un lenguaje claro y sencillo, pero sin abandonar la rigurosidad que el análisis
de la civilización del Nilo se merece.
El autor del libro, el señor don Antonio Pérez Largacha, es
profesor de Egiptología en la Universidad de Alcalá de Henares
(Madrid, España), y ha publicado diversos trabajos e investigaciones
sobre el "país regido por el Nilo".
En cuanto a los datos formales de la obra, está compuesta por un apartado
introductorio y siete grandes capítulos, así como un epígrafe
de conclusiones y de bibliografía. Además, al término
del libro, el lector encontrará una escueta síntesis cronológica
de los diferentes períodos que atravesó la historia del Antiguo
Egipto, con indicación de las distintas dinastías. Esta cronología
es de gran utilidad para el lector, puesto que facilita su localización
en el tiempo. Respecto al contenido gráfico de la obra, el autor complementa
la exposición de las ideas más importantes mediante la inclusión
de diversas figuras, aunque se echa en falta un mapa del Antiguo Egipto que
facilite al lector la situación en el espacio. Recuérdese que
el espacio y el tiempo constituyen dos factores fundamentales en la evolución
de cualquier civilización.
Aunque el carácter de esta obra sea el de divulgación científica,
el lector debe considerar seriamente su actitud cuando se aproxime a cualquier
obra que verse sobre el Antiguo Egipto, pues deberá llevar a cabo un
profundo ejercicio de abstracción respecto a la civilización
occidental y moderna para poder comprender en toda su magnitud los fundamentos
de la cultura egipcia. Diferentes civilizaciones se suceden en el tiempo y
cada una de ellas se debe observar desde "prismas" diferentes, adaptando
cada uno a la realidad que se esté considerando en cada momento.
El capítulo uno versa sobre el medio geográfico del Antiguo
Egipto, en el que destacaron dos grandes regiones geográficamente distintas
pero complementarias entre sí: el Alto y el Bajo Egipto. A medida que
nos alejamos del curso del río Nilo, hacia el este y el oeste, comienzan
a surgir los desiertos, que son fuentes del desorden, y los oasis. Además,
también hay que hacer referencia a las regiones de Nubia y de Siria-Palestina,
con las que Egipto mantuvo determinados vínculos y de las que procedían
materias primas e invasiones militares que deseaban regir los destinos del
país.
En el capítulo dos, el profesor Antonio Pérez Largacha realiza
una breve evolución de la historia política de Egipto, desde
el Período Predinástico (5000-3300 a.C.) hasta la Época
Tolemaica y Romana (332 a.C.-395 d.C.). Además, se comentan resumidamente
algunas cuestiones vinculadas con las fuentes y materiales para el estudio
de la historia del Antiguo Egipto.
El capítulo tres aborda el ámbito religioso de los antiguos
egipcios, puesto que éste ha sido uno de los pilares básicos
de la civilización. La religión del Antiguo Egipto se caracteriza
por su complejidad en cuanto a su comprensión. Además, no todos
los grupos de la población vivieron de la misma forma la religión,
puesto que las preocupaciones de la realeza eran diferentes a las de un campesino
o a las de un soldado. La religión fue evolucionando y las prácticas
y creencias que inicialmente eran exclusivas de los reyes y de la corte más
allegada se fueron generalizando. Un aspecto central en el análisis
de la religión egipcia es la diferenciación existente entre
la religión oficial y la popular. En el seno de la religión,
el autor analiza la concepción que los antiguos egipcios tenían
del mundo, visión que era plasmada en un conjunto de mitos y cosmogonías.
También se abordan los templos como lugares fundamentales de culto,
y los sacerdotes, como principales gestores religiosos y económicos
de los mismos. Los dioses también constituyen otro elemento esencial
de la religión, pues ocupan un "nivel superior" a la realeza
y el campesinado.
El más allá fue uno de los aspectos religiosos que más
preocupación suscitó, por lo que la momificación se transformó
en un proceso esencial a través del cual se "conectaba" el
mundo de los vivos con el mundo de los muertos. Asociadas a la muerte aparecen
las tumbas y, específicamente, las pirámides, construcciones
prodigiosas de compleja significación. Respecto a las costumbres mágicas,
resulta difícil distinguir entre creencias religiosas y prácticas
mágicas. La magia o Heka estuvo presente en el ámbito funerario
y en el momento de la creación, pero las principales manifestaciones
aparecen en el ámbito doméstico o popular. Además, la
magia registró un gran desarrollo en la Época Baja (713-332
a.C., dinastías XXVI-XXX).
El capítulo cuatro centra su atención en el plano artístico.
En este sentido, el arte debe ser valorado desde su intencionalidad y función
en el orden cósmico establecido por los dioses en el momento de la
creación. Además, el arte egipcio es más conceptual que
perceptivo. La representación en dos dimensiones, la frontalidad del
arte egipcio es lo primero que se advierte en una pintura o en un relieve,
provocando un sentimiento de lejanía debido a la ausencia de perspectiva.
Las reglas que el artista debía seguir eran diferentes según
el destino y función de lo representado. También existían
reglas en cuanto a la utilización de los materiales y colores, condicionados
por lo que se deseaba simbolizar. Las necesidades políticas de los
gobernantes también influyeron en el trabajo del artista egipcio. La
escultura y el relieve estaban influenciados por las convenciones y la intencionalidad
de la obra de arte. La evolución estatuaria está en íntima
relación con la evolución social y política de Egipto.
En cuanto a la pintura, las primeras en surgir lo hacen coincidiendo con el
nacimiento de unos líderes que necesitan plasmar una nueva situación
política y social. La pintura era un medio destinado a garantizar la
función mágica, ritual o ideológica de lo representado,
con unos colores que reflejen la realidad y permitan a lo representado dotar
de vida al ganado, personas o útiles pintados. La temática de
la pintura dependió de los intereses de la sociedad en cada momento
histórico.
El capítulo cinco analiza el ámbito de la realeza. Ésta
constituye el punto central del Estado y fue la forma de gobierno en Egipto
durante más de tres mil años. Simbólicamente, la realeza
fue establecida en la creación siendo imprescindible para preservar
el orden cósmico, teniendo siempre como obligación y justificación
el mantener, defender y extender el citado orden mediante todos los medios
a su alcance. En este capítulo el autor del libro también comenta
hasta qué punto el faraón tiene carácter divino y cuál
es exactamente su relación con los dioses, además de cuáles
son sus funciones como rey. Respecto a las titulaturas e insignias, la colaboración
y el papel del rey como ejecutor de los mandatos divinos queda ejemplificado
perfectamente en las denominaciones reales. Según la concepción
egipcia, la sucesión constituía uno de los principales peligros
a los que estaba sometido el país. Por último, se desarrolla
la Festividad Sed, vinculada con el carácter cíclico de los
elementos de la naturaleza y del poder del propio faraón.
El capítulo seis constituye uno de los más extensos de la obra
y versa sobre la administración, la sociedad y la economía egipcias.
El río Nilo, con su constante devenir e inundaciones, condicionó
activamente estos tres planos de la civilización. El faraón
era la figura sobresaliente de la administración y debía gobernar
el país junto a sus delegados de acuerdo con los preceptos de Maat.
Egipto se dividía en nomos, territorios a modo de provincias, cuyo
número fue variable a lo largo de la historia, siendo gobernados cada
uno de ellos por un nomarca. El Estado regulaba todas las actividades dejando
muy poco margen para la iniciativa privada o personal. Junto a la administración
estatal hay que considerar a la de los templos, pues disponían de recursos
propios y de una población dependiente.
Los escribas eran, en cierto grado, notarios de toda actividad y transacción,
mientras que la clase funcionarial debía ser fiel a las normas emanadas
de la administración central y seguir los preceptos de Maat. La escritura
egipcia contribuía al buen funcionamiento del Estado y de su administración
y se encuadra dentro de la denominada familia camito-semítica, y los
primeros indicios de la misma aparecen a finales del cuarto milenio, con anterioridad
a la dinastía I. La civilización egipcia desarrolló tres
tipos de escritura: la jeroglífica, la hierática y el demótico.
En cuanto a la economía y el comercio, el Estado, mediante los funcionarios
y escribas, reunía los recursos del país que después
eran redistribuidos mediante los salarios entregados a la totalidad de los
trabajadores. El comercio también estaba directamente controlado por
el Estado, encargado de organizar las expediciones comerciales al exterior
para obtener los productos exóticos de los que Egipto carecía.
A nivel interno, el comercio parece haber tenido escasa importancia, exceptuando
el trueque entre las personas. El cultivo de cereales constituía la
base de la agricultura, pero habían otros productos importantes, como
el vino. El pan y la cerveza eran los dos productos básicos de la dieta
alimenticia, siendo la última la bebida nacional. Los útiles
agrícolas eran muy rudimentarios y realizados en madera. En cuanto
a la ganadería, ésta entró en conflicto en numerosas
ocasiones con la agricultura y los productos más demandados eran la
leche, la piel y la sangre, y, en menor medida, la carne. La carencia de proteínas
se compensaba con la pesca.
El conocimiento sobre la organización del trabajo es reducido, debido
a la escasez de documentación económica o administrativa. Las
obras públicas en Egipto se concretaban en trabajos para la administración
y construcción de templos o tumbas. Las pirámides son posiblemente
las obras que mejor reflejen el esfuerzo administrativo y organizativo. El
profesor Antonio Pérez Largacha describe en este capítulo una
de las ciudades más emblemáticas del Antiguo Egipto, Set Maat
o "Lugar de la Verdad", es decir, Deir el-Medina.
Respecto al papel ocupado por la mujer en el seno de la sociedad, sus principales
funciones eran las de proporcionar descendencia y realizar las tareas domésticas,
aunque también podía llevar a cabo actividades fuera del hogar,
como participar en las labores agrícolas en los períodos de
mayor trabajo. Inicialmente, podría parecer que existía discriminación
por parte del hombre, pero no era así, pues estas funciones tenían
una gran consideración social. En el ámbito religioso su participación
sí estuvo más restringida. En cuanto a los esclavos y extranjeros,
el autor intenta desmitificar la idea de que los egipcios eran esclavos de
la realeza, pues estaban bien considerados dado que realizaban importantes
actividades vinculadas con el Estado y los faraones. Los extranjeros tampoco
solían tener la categoría de esclavos y muchas veces las campañas
militares exteriores no recluían a un gran número de ellos.
En relación con el derecho, cualquier acción contra el Estado
o el templo era duramente perseguida y castigada. A nivel del individuo, parece
que la mayor parte de los delitos implicaban una compensación económica,
tal y como ocurre en otras culturas. Otros aspectos de interés abordados
en este capítulo son las enfermedades y medicamentos, así como
la literatura, que reflejó los cambios, preocupaciones y gustos de
la sociedad, aun cuando solamente sea de su clase dirigente.
El capítulo siete comenta las características del ejército
egipcio, medio utilizado para mantener las fronteras de la civilización,
protegiéndola de las invasiones externas, y para intentar ampliarlas,
realizando campañas militares en nuevos territorios. La composición
del ejército varió a lo largo de la historia del Antiguo Egipto,
pues habitualmente estaba compuesto por campesinos, aunque también
surgió la figura del soldado profesional en momentos muy concretos.
Los rasgos de las fortificaciones cambiaron con el tiempo y el ejército
egipcio no se desarrolló tecnológicamente en demasía.
Para concluir, no hay duda de que el Antiguo Egipto produce un gran interés
y fascinación en todo aquel que se aproxime a su historia, pero no
se puede construir el conocimiento de su cultura a partir de hechos o datos
fascinantes cuya veracidad puede estar en entredicho. Por esta razón,
nacen obras como ésta, que aunque de carácter divulgativo, va
construyendo una base inicial a partir de la cual el lector tendrá
que profundizar progresivamente hasta alcanzar los "secretos" de
la civilización, aunque posiblemente hayan aspectos del Egipto del
ayer que nunca se nos desvelarán.