
La obra que tengo el placer de reseñar constituye un clásico
de la Egiptología. Tanto es así, que desde que viera la luz
en el año 1992, no ha dejado de reeditarse hasta la actualidad. Tras
su lectura, el lector será consciente de la trascendencia que posee
su contenido, así como de su importancia dentro de los estudios egiptológicos.
Barry J. Kemp, profesor de Egiptología, desarrolla su actividad docente
en la Universidad de Cambridge. Ha publicado numerosas investigaciones vinculadas
con el estudio del antiguo Egipto, además de ser el director de las
excavaciones en el yacimiento arqueológico de la ciudad de El-Amarna.
A lo largo de su obra ha sabido exponer con claridad y maestría los
aspectos más relevantes de los ámbitos económico, social,
político y religioso de Egipto desde los comienzos del Estado hasta
el Imperio Nuevo. El desarrollo temporal de la obra termina en este período,
aunque de manera muy concreta se citan algunas fuentes posteriores.
El libro está formado por una introducción y siete capítulos
estructurados en tres grandes partes. En la primera de ellas se analizan los
factores que contribuyeron a la formación de la identidad egipcia,
de su Estado y cultura. La segunda parte aborda las funciones estatales, concibiendo
el Estado como órgano que gestiona el territorio dominado por los egipcios,
tanto desde el punto de vista económico y político, como de
la configuración y desarrollo de los asentamientos. La tercera parte
centra su atención en el Imperio Nuevo, etapa que implicó cambios
radicales con respecto a períodos precedentes. Además, se analiza
con detalle una de las ciudades más importantes del antiguo Egipto,
El-Amarna, pues a partir de ella se pueden inferir conclusiones relevantes
para la comprensión del país en su totalidad.
El contenido textual de la obra es complementado y enriquecido por la inclusión
de numerosos mapas y planos, fotografías, gráficos y representaciones
de numerosas escenas de la época, que tienen al color y al realismo
como principales protagonistas, pues las primeras ediciones de esta obra incluían
estos recursos en blanco y negro. Quizás, el excesivo detalle de las
descripciones de determinados yacimientos arqueológicos pueda introducir
un cierto "impedimento" en la lectura, aunque, por otro lado, comprendemos
la necesidad de las mismas dada la tipología de la obra. Además,
aunque el autor cita a pie de página las fuentes que han sido consultadas
en cada caso, estimamos que hubiese sido muy necesario la inclusión
de un epígrafe final que compendiase la totalidad de las obras consultadas
ordenadas alfabéticamente, apartado que facilitaría la búsqueda
de investigaciones específicas en consultas concretas. Asimismo, la
existencia de un índice alfabético sí contribuye a la
rápida localización de determinados conceptos y lugares.
La introducción de la obra estimamos que es magistral, pues además
de comentar el marco geográfico y temporal de Egipto necesario para
situar al lector en el espacio y en el tiempo, lleva a cabo el desarrollo
del procedimiento que los arqueólogos deberían de aplicar cuando
se "enfrentan" a la investigación de las sociedades antiguas.
Esto constituye, a nuestro juicio, un recurso esencial, pues se plantean inicialmente
los "pilares" sobre los que se apoyará la reflexión
científica ulterior.
A continuación se explica el proceso que hizo posible el surgimiento
del Estado a partir de los primeros momentos de vida de la civilización,
es decir, a partir del Período Dinástico Antiguo o Período
Arcaico (dinastías I y II; 3050-2695 antes de Cristo). El hecho mitológico
no sólo está presente en el ámbito de la religión,
también gira en torno a la génesis estatal. La organización
del Estado implicó la presencia y desarrollo de un conjunto de ideas,
de una ideología que marcaría el rumbo de la civilización.
Así, se describen los tres pilares ideológicos más importantes
de la sociedad egipcia: la tradición local, el dominio del orden sobre
el desorden continuamente "acechante" y el papel político
desempeñado por la joven arquitectura de aquel primer período.
El origen del Estado llevaba conjuntamente el desarrollo de la cultura, abordando
el autor este aspecto en el segundo capítulo. Se describen los centros
de los santuarios más relevantes del momento, destacando Medamud, Elefantina,
Hieracómpolis, Abydos y Coptos, situados todos ellos en el tramo medio
del valle del Nilo. El profesor Barry J. Kemp lleva a cabo una descripción
detallada de los mismos, siendo muy interesantes los planos representados
de cada uno de ellos. Aquéllos se configuran como ámbitos a
partir de los cuales se produce una notable difusión cultural. Cuando
se considera el plano cultural de la civilización egipcia, surge un
marco cultural de ámbito nacional y uno de ámbito más
local, popular. Así, parte del éxito del Estado se debió
a que supo integrar en el marco nacional de mitos y estilos decorativos las
tradiciones regionales. Además, en relación con ello aparecen
los tipos arquitectónicos ideales, pues a partir de la arquitectura
faraónica se puede inferir cómo se inventaba la tradición.
Los capítulos tercero y cuarto centran su atención en la función
del Estado como órgano gestor de los recursos, cuyas actuaciones deben
orientarse a la obtención del bienestar de las comunidades. El tercer
capítulo trata la burocracia como fuerza determinante dentro de la
sociedad y de las consecuencias a gran escala de los recursos sobre las relaciones
entre el Estado y la población. El cuarto capítulo tiene como
eje central la descripción de los diferentes modelos de asentamiento
territorial, tanto de su génesis como de su planificación. En
este sentido, se hace referencia al Imperio Antiguo (dinastías III
a VIII; 2695-2160 antes de Cristo) e Imperio Nuevo (dinastías XVIII
a XX; 1540-1070 antes de Cristo). Todo ello nos permite valorar la impronta
que los pobladores dejaron en el espacio y su capacidad para estructurar el
entorno que les rodeaba, además de vislumbrar qué aspecto tendría
la sociedad humana.
En el capítulo quinto se entra en el análisis del período
de esplendor del Estado, el Imperio Nuevo. En primer lugar, se examinan los
espacios cultuales, que introdujeron una especie de espíritu corporativo
en Egipto, y la jerarquía sacerdotal. En segundo lugar, se aborda la
relación del máximo responsable de la monarquía y las
divinidades. Así, durante el Imperio Antiguo había surgido con
ímpetu el dogma de que el faraón era el hijo de Re, el dios
Sol. Pero tener por deidad suprema al Sol originó un problema, puesto
que aquella vinculación dificultaba concebir al dios en términos
humanos. Por esta razón, durante el Imperio Nuevo al dios supremo,
del cual procedía el monarca, se le concedió el aspecto de un
ser humano, fue el dios Amón. Su elección estuvo motivada porque
era una antigua divinidad de Tebas, la urbe de origen de los faraones de la
dinastía XVIII. A partir de aquí, el autor desarrolla con detalle
la "Finca de Amón", es decir, la ciudad tebana, donde destacaron
sobremanera los templos de Karnak y Luxor. También se describen los
distintos tipos de festividades en honor al culto de la divinidad.
El desarrollo del Estado como institución debe ser paralelo al desarrollo
de la economía, y éste es precisamente el aspecto considerado
en el sexto capítulo. Se abordan los rasgos característicos
de la economía egipcia, que obviamente no puede ser comprendida si
aplicamos la estructuración de los modelos económicos modernos.
Tanto el sector público como el privado son estudiados desde la perspectiva
de sus fortalezas y debilidades.
El último capítulo adopta un enfoque centrado en la ciudad de
El-Amarna, enclave urbanístico de trascendencia nacional, puesto que
algunas dinámicas identificadas en esta urbe pueden ser extrapoladas
al conjunto de la sociedad del antiguo Egipto. En este sentido, se comenta
tanto las instituciones de la ciudad, como las características de la
vida y de la población de este ámbito. Recuérdese que
la ciudad de El-Amarna es la denominación que recibe en la actualidad
el sector de la ribera oriental del Nilo de un ámbito urbano mayor,
la ciudad de Ajetatón o Akhetatón, "el Horizonte de Atón",
"el Horizonte del Sol". Este enclave de mayores dimensiones fue
fundado por el monarca Ajenatón, conocido como el "monarca hereje",
pues hasta el momento en todo Egipto había dominado el culto al dios
Amón o Amón-Re de Tebas, sustituyéndolo por el culto
al disco visible del Sol, denominado Atón por los egipcios. Éste
tenía la imagen de un disco del cual descendían numerosos rayos,
cada uno de ellos acabado en una pequeña mano. Ajenatón concebía
al Atón como el creador universal de toda la vida, cuyo principal feudo
y lugar de culto sería la ciudad de Ajetatón, al igual que también
se configuraría como la sede real y fúnebre de su familia.
En definitiva, Barry J. Kemp ha escrito una obra que constituye un gran paso
para la Egiptología, de obligada consulta para todos aquellos interesados
en adentrarse en los "secretos" del antiguo Egipto. Además,
nos aporta una visión distinta de la civilización, centrada
no sólo en la grandiosidad de los proyectos que en aquellos momentos
se iniciaron, sino también en una sociedad jerarquizada que "pactó"
con el Nilo su propia supervivencia.